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El negocio de la intermediación (y descubrimiento) en el consumo de contenido

Muchos antes han hablado sobre el camino que toman muchos servicios digitales (seguid los enlaces originales), caminos que implican dejar a un algoritmo la decisión de exponer un tipo de información sobre otro. Este es mi resumen para ordenarme los conceptos e ideas leídos. Allá va:

Burbujas, filtros y la neutralidad del flujo informativo

Los principales servicios digitales van avanzando poco a poco captando y ordenando los gustos de los usuarios, intermediando en aquellos procesos que antes eran “trabajo” del usuario, para así poder sacar rendimiento económico en un segundo paso (publicidad, por ejemplo).

Bajo esta práctica común se cierne la duda del posible sesgo informativo. Eli Pariser etiquetó esta problemática como el problema de la “burbuja de filtros”, en los que podíamos quedar atrapados, obstaculizándonos el acceso a la información de interés general o que pudiese ampliar nuestra visión del mundo.

Ahí está Facebook, que estos últimos meses ha realizado los cambios pertinentes para mejorar la exposición de contenidos de calidad. Estos algoritmos nos muestran lo que “piensan” que queremos ver y no necesariamente lo que “tenemos” que ver.

Con este panorama es fácil pensar en eso de que a nuestro alrededor se crea una burbuja con todos esos filtros, que los alimentamos informándolos de lo que leemos y hacemos, sin tener la posibilidad de decidir qué no entra y sin ver qué es lo que nos perdemos.

Si antes éramos parte activa en el filtrado de contenido, ya sea para nosotros mismos o de un grupo de usuarios con los mismos intereses que “decidía” si la información encontrada era “válida”. Ahora los algoritmos también nos “ayudan” en este aspecto.

Mientras que antes no teníamos otra opción que pasar por un filtro de un editor (humano) que nos gustaba más o menos, y que tenía la capacidad de empatizar con los contenidos, de cambiar o perfilar su opinión, ahora nos encontramos que los algoritmos no “cambian de opinión” con tanta facilidad. Antes éramos nosotros, con nuestros prejuicios y opiniones quien filtraba, y con esto quiero decir que a veces pecábamos de imparciales.

Otro punto de vista nos lo aporta un estudio de Pew Research, que aboga que la situación de aislamiento no es algo que pueda suceder, pues siempre hay un resquicio por el que algún amigo, conocido o algoritmo nos puede sugerir información más allá de nuestra zona de confort ideológica. Antonio Ortiz dejaba una apostilla muy interesante:

“Aunque haya exposición a medios con una línea editorial contraria a las creencias e ideas del ciudadano eso no quiere decir apertura a cuestionar los prejuicios propios”. (1)

Ante esta situación, entiendo que cada vez debemos estar más pendientes no ya del proceso de filtrado sino del punto de vista que se nos exponga en el contenido “sugerido” por el algoritmo.

El usuario tiene varias vías por las que recibir y filtrar contenido. Unas en las que tiene más poder de decisión a la hora de elegir y otras que simplemente “encuentra” información, pero el proceso en el que usuario “valida” el contenido es todo suyo. Somos nosotros mismos -eso tan difícil y fácil- que debemos acabar por dar por buena la información y está en nosotros mantener la capacidad para consumir contenidos incómodos y estimulantes.

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Una historia de continua intermediación

La relevancia automatizada de los servicios de sugerencia de contenido se ha alzado como uno de los pilares para informarse, una forma de consumo pasivo prestado por estas herramientas de búsqueda y filtrado de contenido que empieza a tener tanta importancia como el mismo contenido creado, explica Pablo F. Iglesias (2).

Tenemos a Google como referente, que se encarga de intermediar lo que no lo estaba. Eso es lo que hace con su buscador y lo que hará con su próximo Inbox para gestor de mails. Y tras esa máxima, está la justificación del apagón definitivo de su Google Reader, como explica Jose Alcántara (3).Y es que suscribirse a un feed RSS, que envíe al usuario que el usuario pidió de forma ordenada y predecible es un negocio que no interesa a Google.

Y es con Google Reader que empieza todo: Una fórmula de consumo de información para usuarios que requerían altas dosis de contenidos, como explica de una forma muy clara Juan Luis Chulilla, que encaja mucho con la blogosfera y es para un lector de naturaleza distribuida (4). La clave de un cliente RSS, de usar RSS, es que tú decides el cuándo leer lo que te interesa, una fórmula que no liga con la actualidad, descartada por que no se puede extraer un plan para monetizar el usuario que lo usa y por las nuevos servicios de consumo.

Usuario que no concuerda con el público masivo, el RSS es un producto para minorías usuarios intensivos de información que valoran la buena lectura y desean zonas para comentar lo leído más allá de tweets o Facebook, “estandartes” de la “web social”, donde se puede encontrar a un gran volumen de usuarios que distorsione el debate.

Al mismo tiempo también surgían otras fórmulas que se “interponían” el contenido de los periódicos: Los primeros agregadores, desde los puramente algorítmicos como Google News y Techmeme a los que basan su filtro en la comunidad como Digg y Menéame, como explica Antonio Ortiz en un post que deberíais leer junto a los comentarios. (5)

Con el paso a la abundancia de contenido, aparecemos en una situación en el que requerimos de herramientas que nos ayuden a filtrar contenido. Herramientas que nos “empujan” a dar un salto conceptual: Nos harán valorar el contenido más por el artículo (y autor) que no la marca que lo empaqueta.

Quien gestiona la relevancia, gestiona las principales vías de información. Primero, explica Pablo F. Iglesias, ésta se basaba a la comparativa de parámetros de una web (meta-descriptores), después pasamos a darle más valor a un enlace que a otro según a quien lo enlazaba, el inicio del concepto de “descubrimiento” de información.

Surge así, la necesidad aparentemente innata del usuario por llegar a nuevo contenido, y que éste le ofrezca nuevo contenido relevante. De “curadores” de contenido, pasamos a algoritmos que gestionan y nos proporcionan contenido. Con este cambio, una máquina, a la que se le atribuye capacidad “objetiva” (como si un algoritmo no se pudiera modificar) se pone por delante de la visión subjetiva del hombre.

Jose Alcántara, en un post que os obligo a leer, explica que estos servicios de agregación de contenidos nos predisponen a tolerar la sorpresa inesperada (6). Junto a esto, también “aceptamos” la posible inserción de contenido publicitario o patrocinado, siendo un proceso que escapa de nuestro control, aceptando como “normal” contenido que no podemos controlar.

Estos servicios -explica J. Alcántara en el post- siguen la línea de los modelos de negocio publicitarios, en el que el usuario es la mina que hay que trabajar y trabajar hasta sacarle información. Se apoyan en la intermediación del descubrimiento, amparados por la tabletización promovida por los dispositivos móviles, fomentando el consumo pasivo, superficial y no nos predispone a la “investigación” ni a interesarse por las fuentes principales de la noticia.

Además, reposiciona a los medios que ya conocemos por delante de otros posibles medios más especializados o blogs personales y nos “acomoda”, defenestrando la posibilidad de aprender a ser autónomos en materia informativa.

Pero en la actualidad tenemos tan a mano estas herramientas que no podemos no disponer de ellas, me explico: Creo que la visión de Antonio Ortiz en este aspecto es la más transversal, él expone que en ahora podemos representar mediante estos servicios el interés por determinados contenidos; para algunos contextos queremos eficiencia (RSS) y disponer todo lo que publica la fuente y en las otras busco recomendaciones, un filtrado y experiencia diferente (ya sea mediante Meneame o servicios como Flipboard y Zite). (5)

Las herramientas de este estilo están para ahorrar tiempo y “ayudan a descubrir”, cosa que nos puede servir para temas concretos pero no para otras que sólo queremos saber de forma superficial. Hay que intentar poner -por difícil que parezca- esta herramienta a nuestro servicio, que no nos engulla en su funcionamiento. Tener siempre presente que debemos ser críticos con la información que nos proporciona.

Si bien es cierto que estas visiones futuras que aportamos vislumbran el futuro del consumo de  información basándonos en la perspectiva de los servicios, y descuidamos la óptica del usuario, apoyándonos en su supuesta pasividad informativa.

Usuario que tiene en su criterio, el factor para destacar (y a su selección de enlaces) entre los de alrededor, como expone Gonzalo Martín en los comentarios del post de Antonio Ortiz (5). Rebuscar y rebuscar entre tanta información para sacar las pepitas de conocimiento no es trabajo fácil. Hay quien lo hace mejor y otros peor (por eso os digo que vayáis a los links que enlazo en mis posts), ganándose la autoridad entre el vulgo.

Los servicios que ofrecen estas posibilidades de filtrado -junto a los dispositivos móviles, en el que uno está más predispuesto a usarlos- devuelven el trono en cierto modo a los medios -los «pre-internet», los que marcaban la agenda- que tienen más capacidad tienen para reforzar su visibilidad vía talonario. Y es la predisposición a no estancarse ante la primera fuente que encontramos, una predisposición que ante la aparición de nuevas herramientas de gestión y descubrimiento de información pueden «facilitar» a algunos esta tarea, pero no al lector crítico que seguirá buscando y rebuscando entre información.

 

Enlaces utilizados:

Ilustración principal: Miguel Montaner

Ilustración nº2: Kelsey Dake

1.- “Hoy es prácticamente imposible vivir en una burbuja ideológica” | Antonio Ortiz

2.- Relevancia informativa: la revolución estéril | Pablo F. Iglesias

3.- Google, la reintermediación, y tu correo electrónico | Jose Alcántara

4.- RSS: YOUWHENWHAT | Juan Luis Chulilla

5.- No quiero ir a leerte ni buscarte, quiero que me “descubran” el mejor contenido | Antonio Ortiz

6.- Cuatro ideas para contextualizar el mito del «descubrimiento» | Jose Alcántara

3 respuestas a «El negocio de la intermediación (y descubrimiento) en el consumo de contenido»

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